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Hoy como toca IVA un relato a juego

Lunes, 20 de julio de 2009

17 carpetas.

 

El día 20 del I.V.A. amenazaba sol.

 

Ese lunes de octubre no podía quitarme de la cabeza a aquel vejete cosmopolita, que a pesar de  sus apergaminados setenta y tantos  relataba con lucidez el suceso por televisión.

 

El anciano comentaba su suerte a pie de cámara, con sus zapatos negros y relucientes primorosamente acordonados destacando sobre el barro. La imagen tenía algo de suspense. El cámara escarbaba  planos entre  los cascotes del edificio que se había desplomado la noche anterior.

 

No hubo víctimas mortales, ni sangre, todos los habitantes del bloque estaban avisados por una enorme grieta que se instaló en la fachada con la misma gracia que un familiar gorrón.

 

El hombrecillo se desenvolvía a gusto, la mala noticia no lo afectaba. Hasta que  de pronto el tipo se vino abajo como en un proceso de aluminosis instantánea que le corroyó la existencia.

 

Se derrumbó como su hogar. Comenzó a gemir y envejeció cincuenta años de golpe. Sus zapatos pulcros se hundieron en el barro. Se hizo pequeñito y triste. La gorra que tapaba su calva se agrandaba y los cristales de sus gafas de pasta se empañaron con un color marrón tardofranquista.

Por las arrugas de su cara se le incrustaban las lágrimas y el hilillo de su voz le abandonaba.

Respingaba. Estrujaba  con las dos manos el micrófono del reportero,  asiéndose  desesperado.  Decía que  era viudo, que lo había perdido todo, pero que sólo le importaban  17 carpetas.

 

17 carpetas de cartón azul ceniciento con sus gomillas deshilachadas y los bordes ennegrecidos. 17 Carpetas tan manoseadas como sus escritos, fotografías y documentos que las engrosaban hasta reventar. Representaban lo único abundante en la jubilación de D. Aurelio. Era todo su equipaje vital, su memoria caligráfica que nunca le fallaba. Su biografía detallada, ahora desaparecida entre toneladas de escombros polvorientos, grises, húmedos y malolientes.

 

Le comprendo, yo también anoto las cosas porque me embosca la memoria. No recuerdo que asuntos importantes atravesaron ese lunes ni el domingo  anterior. Estoy convencido de que un día de estos desertaré de mí con un alzheimer que me inmunizará de  fechorías pasadas y por cometer. Por eso fabulo y reinvento  lo que pasa a mí alrededor.

 

Recalifico anécdotas propias y ajenas para urbanizar mi alma. Levanto complejos residenciales usando emociones en vez de ladrillos. Construcciones impecables de paredes alicatadas con experiencias sorprendentes. Vivencias que consigo a cualquier precio. Esta vez fue picando como un minero, arruinando los cimientos del domicilio de D. Aurelio. Todo para robarle sus 17 carpetas repletas de auténticos recuerdos.

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