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Taichí a muerte en la Malagueta

Lunes, 29 de agosto de 2016

 Bumbury vuelve a salir por la puerta grande de la Malagueta  20 años después.

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Enrique Bunbury es chamán. Ayuda a sobrellevar las torturas médicas  de mi  amigo Paquito, a quien conozco desde hace veinte años, más o menos la mismas calendas en las que me encontré a los Héroes en silencio, púos de tapas debajo de casa, desmontando el mito de la frugalidad de los músicos, sus buenos rollos y flaquezas.

Los coletazos del  huracán Bunbury arrasó con los Santos Inocentes una noche de miércoles 24 de postferia.

El albero del coso olía a res y parecía un patatal hasta que se escondió el sol y todos los heavys se volvieron pardos.

Antecedentes actorales  de tenor Fleta y Amaral contribuciones mañas a la lírica universal. El zaragozano nos viene pacífico y con acento charro. Habla al público de vd.  Será por las influencias texmex, sus estancias en Los Ángeles o porque apunta a Asia con su zen-tido del markectáculo.

Ni un rizo de gil. Y en cada canción regala unas coreografías bruceleeanas y un chorrazo de voz qué siempre nos preguntamos de dónde sale. El esmirriado canta y modula en directo a chaleco descubierto.

El mismo chaval que a los 14 soñaba con guitarras eléctricas, maneja hoy una banda. Impecable definición. Nada más cómplice, efectivo y temible que una banda, una partida de artistas contra el establishment.

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El repertorio potente, el grupo recio como queso manchego muy curado de sustos y juergas.  Con saber. Más allá de la improvisación, Alvaro  mira, levanta una  ceja y Jordi improvisa un riff o Jorge añade un par de acordes más, como Santos Inocentes que son. Ningún bolo es igual. Ni siquiera el Bumbury lo es tras desfondarse. Este tipo  muta. Con cada trago de agua evoluciona  un pokecantante nuevo.

Es el  discípulo  y heredero  más aventajado del marciano Raphael, septuagenario pájaro canoro, que se estudiará como ejemplo de marca,  imagen personal, perseverancia y eterno éxito. Talento descontado.

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Me llamó la atención la nueva  gesticulación taichí y el intercambio de dragones por calaveras en el atuendo de Enrique. Bunbury es de esos tipos tímidos que cuando descerrajan la cremallera del alma entregan toda la víscera. Para que le  adoren, se lo coman, le escupan o se le caguen encima, pero se entrega a muerte. Se mata en lo suyo y eso está muy mal visto en la Bárcenas patria.

Para Enrique la meta es el camino y cuando más largo mejor.

Antes de girar por Europa se deconstruyó en 201o en eterna peregrinación  por USA. Rulando con su chica y  gato, por garitos de tiñoso pelaje, los tugurios. El minino Bowie era un precioso felino romano de capa blanca y mirada suave.  

 

De la costa Este al sombrero de cowboy. Un purgatorio de humildad en autocaravana por la deep América, pisando a muerte en cada tarima.

Afinando el futuro con 30 años calcinados ya.

Como su público.

Amiguetes

Lo mejor de cada camiseta black por la puerta grande de la Malagueta. Abundaban las MILF, mamis de mejor palpar, elegantorras, camufladas de malutas y singles con el wi-fi abierto. También proliferaban habituales del márquetin y peña de chupa de cuero con su orgullo tatuado. Nuevas añadas de piercings rezando las canciones, confirmando que se está rejuvenalitando la fanaticada.

Un concierto boutique, que de celebrarse en la hecatombe farolitellón  marionetuneada por Tereluporras,  se hubiera llegado al no hay billetes. Pero con la tiesura postbolinguera o vacacional disfrutamos de espacio para menearnos bailongos por esas arenas, 4.000 elegidosas , os-as como coreaba el pelirrojo de  Simple Red.

Conciertazo.

 

El sonido durante las tres primeras canciones sonó a infierno para los vecinos de los Campos Elíseos. Como guinda a la producción Espectáculos Mundo estrenó un nuevo set de iluminación, robotizado y programado por el mismo Mesmer. Las centellas hipnotizaban tanto  que cuando se interpretó “Despierta” mirábamos al cielo para ver aterrizar al ovni de una vez.BUN Malagueta

Diez ojos nos cegaban desde el escenario y revoloteando por dos bastidores los leds y lásers cambiaban de forma, color, sincronía y cadencia en un guirigay  tan barroco que no hacía falta drogarse para alucinar.  Ya lo  quisieran para sus tronos los muchos  cofrades bajo pena de excomunión que pecaban  offcapirote

 

Enrique Bunbury ha vuelto como nuevo y es prometedora noticia. Necesitamos mucho arte y personajes excéntricos, catetos universales, genios, para soportar la reentré y la  legiscaradura que amenaza devorarnos. Ante todo: mucho taichí.

 

 

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