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La entrevista

Viernes, 7 de agosto de 2009

A golpe de miradas el futuro se abría paso en un “ring” de 8 x 3,5 metros con un falso techo de escayola y focos halógenos empotrados. Sergio esperaba su combate final sentado en una silla ejecutiva de piel, diseño de Oscar Tusquets a 67 euros la pata.
A su izquierda envarado y con rictus profidén el que debió ser número uno en su promoción de la catequesis. José Miguel, opustarra, 23 años, peso medio, media hostia, medio polvo y medio pelo.
A su derecha la rubia platino sobrealimentada de la especie Vanesa Jennifer con montura de gafas al aire granate, dos miopías en el ojo derecho y tres en el izquierdo. Sobresaliente de media, tres años de becaria en puesto similar, jersey de punto naranja marcando 130 cms. de pulmón, regalo de un aspirante a ex jefe y ex amante.
Enfrente José Javier, rubio de ojos azules, cuarentón barrigudo y parado de larga data embutido en una americana que no le abrocha y un pantalón de paquete XXXL, acompañado por Manolo, camisa blanca cuello mao, manager, amigo del alma, compañero del expediente de regulación, encajador profesional, su pareja de hecho y lecho.
Parecían los cinco juanetes del Apocalipsis o cinco personajes en busca de un algo mejor, porque todos despedían no sé qué. Sería necesidad, una necesidad concéntrica que se insinuaba en los agujeros de las suelas de sus zapatos.Desde hacía noventa y un días el destino de Sergio estaba impreso en aquel cuadrilátero salmón del suplemento Expectativas de diario Sur. Lo descubrió Carmen, su santa mujer enterrada en vida y aspiraciones. Fantasías del tipo que le pasasen el aspirador le hiciesen los baños, la compra y el amor como en una despedida de soltera. A Carmen lo único que la sobraban eran las ojeras verdosas y el mal rollo con sus padres. Carmen y Sergio vivían con los padres de ella, bajo el mismo tejado de tejas verdes previo pago de muchas indirectas y el 80% del sueldo de Sergio.

En las ofertas de empleo Carmen rodeó con un trazo de rotulador verde aquel anuncio, un oasis salarial, un espejismo. Y Carmen se vio con ucraniana, entrenador personal y un chalé a tres barrios de la casa de sus padres.
Y le amargó la tarde. Porque Sergio lo único que quería esa tarde era escapar al fútbol. Las tardes de domingo son para sufrir sólo si el Málaga juega en casa. Pues un motivo nuevo.
Sergio se quedó sin siesta, sin fútbol y cruzando toda la madrugada, abrazado a la radio, tragándose por la oreja dos programas de toros, uno de marcianos y otro de psicofonías. A su lado Carmen tumbada sobre su costado pelirrojo soñaba con una mudanza de Gil Stauffer y una tarjeta VISA platino a juego con pendientes de Cartier.
Y Sergio sin pegar ojo. Todo por revisar el currículum que le hizo recordar que iba para ingeniero de caminos y proyectista de puentes largos y etéreos y no pasarelas de carne rellena. Carne con premio, carne recién hecha que deja preñada a la novia y un contrato temporal de pedrea para vivir bajo la administración de los suegros.
Y esa noche Sergio no para de rebozarse en las sábanas de florecillas amarillas que apestan a lavanda. Sergio con los ojos como platillos volantes se siente aterrorizado bajo aquel cabecero inmenso. Un tablero tapizado de terciopelo verde y rematado por dos angelotes banderilleros o del planeta Humo que no paran de burlarse sacándole la lengua y haciendo pedorretas.

-No te olvides de la carta que es muy importante- déjala en el aparador que yo la llevo a la oficina de correos y así llega antes- dijo Carmen en la cocina con las ojeras teñidas de rosa esperanza. Mientras la suegra, medía una cucharilla de café descafeinado como si fuese droga. Todo para teñir un vaso con leche justo hasta la rayita con esa cicatería innata de los chusqueros de intendencia.

Pero allí estaba Sergio en el asalto final. En medio de los 500 m2 de mármol travertino y focos italianos de las oficinas de Grim & Andersen Consultores. Muy pinturero, afeitado sin cortes, oliendo a colonia de la buena, con el traje de Zara y estrenando  camisa negra.

Superó la primera entrevista, la segunda y ahora -el puesto es para mí- se mentalizaba.

-Sergio López, alzó la voz nasal una recepcionista de riguroso traje de sastre.

Con ardor torero Sergio abordó el despacho 5x5m de paredes forradas de cerezo, mesa con ala de Riguetti y videowall  de plasma. Se sentó en el sofá de cuero negro estilo Bauhaus. Levitaba entre la alfombra de seda de Bután y la mesa de centro de ArtEspaña.¡ Vaya por Dios que crimen! ese grabado de Enrique Brickman está pésimamente enmarcado. Pensó en sus adentros.

La secretaria del señor Mejías ofreció café y Sergio pidió un descafeinado con leche enseñando los dientes

Entonces el señor Mejías con su sonrisa de trilero, desde la morenez de su calva tostada al golf, arqueando la ceja derecha y moviendo las dos manos al unísono como en un telediario comunicó que la plaza de diseñador de interiores era suya y le preguntó qué si podía empezar en quince días.

Fenomenal, afirmó un sudoroso Sergio emitiendo un carraspeo nervioso.

-Otra cosa, hay un ligero cambio de planes, -¿no le importaría trasladarse a Melilla? -Le soltó Mejías sacando la lengua a Sergio mientras su secretaria en vez de descafeinado le servía en bandeja una pedorreta interminable.

 



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Hoy como toca IVA un relato a juego

Lunes, 20 de julio de 2009

17 carpetas.

 

El día 20 del I.V.A. amenazaba sol.

 

Ese lunes de octubre no podía quitarme de la cabeza a aquel vejete cosmopolita, que a pesar de  sus apergaminados setenta y tantos  relataba con lucidez el suceso por televisión.

 

El anciano comentaba su suerte a pie de cámara, con sus zapatos negros y relucientes primorosamente acordonados destacando sobre el barro. La imagen tenía algo de suspense. El cámara escarbaba  planos entre  los cascotes del edificio que se había desplomado la noche anterior.

 

No hubo víctimas mortales, ni sangre, todos los habitantes del bloque estaban avisados por una enorme grieta que se instaló en la fachada con la misma gracia que un familiar gorrón.

 

El hombrecillo se desenvolvía a gusto, la mala noticia no lo afectaba. Hasta que  de pronto el tipo se vino abajo como en un proceso de aluminosis instantánea que le corroyó la existencia.

 

Se derrumbó como su hogar. Comenzó a gemir y envejeció cincuenta años de golpe. Sus zapatos pulcros se hundieron en el barro. Se hizo pequeñito y triste. La gorra que tapaba su calva se agrandaba y los cristales de sus gafas de pasta se empañaron con un color marrón tardofranquista.

Por las arrugas de su cara se le incrustaban las lágrimas y el hilillo de su voz le abandonaba.

Respingaba. Estrujaba  con las dos manos el micrófono del reportero,  asiéndose  desesperado.  Decía que  era viudo, que lo había perdido todo, pero que sólo le importaban  17 carpetas.

 

17 carpetas de cartón azul ceniciento con sus gomillas deshilachadas y los bordes ennegrecidos. 17 Carpetas tan manoseadas como sus escritos, fotografías y documentos que las engrosaban hasta reventar. Representaban lo único abundante en la jubilación de D. Aurelio. Era todo su equipaje vital, su memoria caligráfica que nunca le fallaba. Su biografía detallada, ahora desaparecida entre toneladas de escombros polvorientos, grises, húmedos y malolientes.

 

Le comprendo, yo también anoto las cosas porque me embosca la memoria. No recuerdo que asuntos importantes atravesaron ese lunes ni el domingo  anterior. Estoy convencido de que un día de estos desertaré de mí con un alzheimer que me inmunizará de  fechorías pasadas y por cometer. Por eso fabulo y reinvento  lo que pasa a mí alrededor.

 

Recalifico anécdotas propias y ajenas para urbanizar mi alma. Levanto complejos residenciales usando emociones en vez de ladrillos. Construcciones impecables de paredes alicatadas con experiencias sorprendentes. Vivencias que consigo a cualquier precio. Esta vez fue picando como un minero, arruinando los cimientos del domicilio de D. Aurelio. Todo para robarle sus 17 carpetas repletas de auténticos recuerdos.

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